La fe: salir de la propia tierra

Abraham dejaba algo tras él: su razón, y se llevaba algo consigo: la fe; si no hubiera sido así, pensando en lo absurdo del viaje, nunca habría partido.

Tanto para el Antiguo como para el Nuevo Testamento, Abraham es el gran modelo de la fe. Su historia comienza con una extraña llamada: “sal de tu tierra, de entre tus parientes y de tu casa paterna” (Gen 12,2). No es nada fácil hacer caso a una llamada así: se trata de una auténtica ruptura cultural. Un desarraigo así representa para el hombre antiguo una empresa irrealizable que sólo podía conducir a la ruina. ¿Cómo es posible lanzarse a una aventura así? Respuesta de S. Kierkegaard: “Por la fe Abraham abandonó el país de sus padres y fue un extranjero en la tierra prometida. Dejaba algo tras él: su razón, y se llevaba algo consigo: la fe; si no hubiera sido así, pensando en lo absurdo del viaje, nunca habría partido”.

También la fe cristiana es una ruptura. Nunca llega precedida de lo propio. Irrumpe desde el exterior. Nadie nace siendo cristiano, ni siquiera cuando nace en un mundo cristiano y de padres cristianos. El cristianismo acontece siempre como un nuevo nacimiento. El ser cristiano comienza con el bautismo, que es muerte y resurrección (Rom 6), no con el nacimiento biológico.

Como dice muy bien Joseph Ratzinger, la fe cristiana no es producto de nuestras experiencias. Es un acontecimiento que llega a nosotros desde fuera. Se basa en algo o alguien que nos sale al encuentro, algo a lo que no llegamos con nuestras experiencias. La fe no es un profundizar en nuestra interioridad, sino abrirnos a lo que acontece. La fe es acoger una revelación, que me abre a lo nuevo, me arranca de mi mismo y me eleva sobre mí. Por eso, la fe no es resultado de mi experiencia, sino algo que llega a mí desde fuera. Los grandes misterios de la fe cristiana no son objeto de ninguna experiencia interior. La Trinidad y la Encarnación son revelaciones, acontecimientos que se me ofrecen. Este “venir desde el exterior” resulta escandaloso para el hombre moderno, celoso de su autonomía.

Al inicio de su primera encíclica, Benedicto XVI resumió muy bien lo que significa la fe cristiana: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

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