Laudato si, y Poesía 22. HASTA EL VIENTO Y EL MAR LE OBEDECEN

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
03 dic 2015 - 11:50
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Es un misterio la conciliación, en la praxis cotidiana de Jesús, de su humanidad, desvalida, mortal, y su divina esencia, Todopoderosa, Omnisciente, Eterna... De tarde en tarde, por amor, se le escapaba un milagro, como en el presente relato de la tempestad calmada. Escribe Martín Descalzo, refiriéndose a la admiración que causó a sus aterrorizados compañeros de viaje el poder de Jesús sobre el viento y las aguas: Era un hombre como ellos, lo veían, pero también era mucho más. Caminar a su lado, entrar en su obra, era mucho más peligroso que adentrarse en el mar. Intuían que en aquella navegación perderían sus vidas. Pero, misteriosamente, se sentían felices de ello.”

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JESÚS VIVÍA EN ARMONÍA PLENA CON LA CREACIÓN

Jesús vivía en armonía plena con la creación, y los demás se asombraban: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Mt 8,27). No aparecía como un asceta separado del mundo o enemigo de las cosas agradables de la vida. Refiriéndose a sí mismo expresaba: «Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen que es un comilón y borracho» (Mt 11,19). Francisco, Laudato si, 98.

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AHORA LLUEVE Y SABEMOS QUE PASASTE MUY CERCA

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Cuando los temerosos pescadores del lago despiertan a Jesús en el fragor de la tormenta, confiaban, en el corazón de sus miedos, que podría Jesús apaciguar las olas, calmar el viento. El presente poema de Ernestina de Champourcin revive el humano temor a la tormenta y su salvaje exhibición de rayos y truenos, vendavales, diluvios... Fervorosa creyente, adivina Ernestina en el suceso una Presencia, una oportunidad, unos avisos. Pero desde el amor, la confianza, la relajada entrega. Revivo, releyendo estos versos, la emoción que sentí al conocer la ingenua sabiduría de aquella niña que regresaba de un tormentón empapada de lluvia, pero alegre, porque el buen Dios le había estado haciendo fotos desde el cielo con su potente flash...

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VISIÓN

Has cruzado los cielos con tu rayo de oro

y has barrido la tierra cubierta de hojarasca.

¡Vendaval de tu paso implacable y seguro,

polvareda tupida que te esconde y ampara!

Algunos te han sentido; quizá los moribundos

y los niños que miran con nitidez de espada...

Ahora llueve y sabemos que pasaste muy cerca.

La brisa que has alzado se enreda a mi garganta.

Di, ¿por qué nos rozaste sin nombrarnos siquiera?

¿Temiste que la angustia de la pasión humana

te obligase otra vez a ofrendarnos la vida,

a echarnos nuevamente tu luz crucificada?

Los árboles te vieron: un dulce escalofrío

recorre todavía el lomo de sus ramas.

Pero has atravesado el mundo sin mirarme.

Di, ¿por qué me esquivaste cuando yo te esperaba?

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JESÚS TRABAJABA CON SUS MANOS

Estaba lejos de las filosofías que despreciaban el cuerpo, la materia y las cosas de este mundo. Sin embargo, esos dualismos malsanos llegaron a tener una importante influencia en algunos pensadores cristianos a lo largo de la historia y desfiguraron el Evangelio. Jesús trabajaba con sus manos, tomando contacto cotidiano con la materia creada por Dios para darle forma con su habilidad de artesano.

Llama la atención que la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una existencia sencilla que no despertaba admiración alguna: «¿No es este el carpintero, el hijo de María?» (Mc 6,3). Así santificó el trabajo y le otorgó un peculiar valor para nuestra maduración. San Juan Pablo II enseñaba que, «soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad» (Francisco, Laudato si, 98).

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TREINTA AÑOS DE CEPILLO Y ESCOFINA

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Aceptemos que la profesión de Jesús fuese “tekton”, o artesano, obrero de construcción, acaso carpintero... Lo que interesa, sobre todo, al Papa Francisco es destacar que “trabajaba con sus manos, tomando contacto cotidiano con la materia creada por Dios para darle forma con su habilidad de artesano...” Más adelante precisa: “Llama la atención que la mayor parte de su vida fue consagrada a esta tarea.” Los versos de Manuel Alonso Alcalde puntualizan que, hacia los treinta años, amaneció su Día de la predicación del Reino, del feliz anuncio de un tiempo nuevo, de la amorosa misión de construir una nueva humanidad.

FUE UN CARPINTERO

Fue un carpintero el hijo de María:

treinta años al olor de la madera;

treinta años de impregnar su vida entera

en la madera de la serrería.

Treinta años de aguardar a que su Día

fructificase con la primavera;

treinta años al llegarle, desde fuera,

troncos y campo a la carpintería.

Treinta años de cepillo y escofina,

de ensortijar virutas con aromas

y ungirse de serrín y de resina;

que al treinta y uno, se salió al camino

y se perdió a lo lejos por las lomas,

definitivamente campesino.

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CÓMO VIBRABA EL ÁRBOL AL TOCAR SU CORTEZA

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Los que hemos tenido la fortuna de viajar a Tierra Santa no hemos podido olvidar el huerto de olivos de Gethsemaní: hojitas, florecillas de aquel rincón de dolor y entrega al Padre nos consuelan en las noches oscuras de la vida. La imagen que ofrecemos de Jesús en la Agonía del Huerto nos acerca el misterio de la aceptación de la cruz a pesar de la sangre anticipada.

José Luis Martín Descalzo, en “El joven Dios” (1986) incluye el poema “Los milagros”, que reproducimos a continuación, donde sugiere líricas escenas de fraternal diálogo de Jesús con variados avatares de la materia. Sugiero, para meditar, los cuatro versos de Bousoño que inician su poema “Cristo en el Huerto de los olivos”: “En el bosque de olivos centenario se erguía / Cristo plantado en tierra como el más viejo olivo. / Hacia la eternidad, bajo tierra, se hundía / su raíz negra, vieja, sangrando hacia lo Vivo...”

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LOS MILAGROS

Cuando creció, decían: "Nunca

hizo milagros de muchacho". ¡Ah, ciegos

y torpes de corazón! ¿Acaso

no le vísteis entender a las rosas,

reconocer al sol, sonreír a la muerte,

acariciar a su desconocido tiempo?

¡Cómo la materia le reconocía!

¡Cómo vibraba el árbol al tocar su corteza,

qué entera se sentía la manzana mordida,

cómo se entrenaban sus pies para marchar sobre

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las aguas!

¿Sabéis? De punta a punta

de los quinientos millones de años de la historia

tan sólo treinta y tres se ha sentido la tierra

joven.

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LAUDATO SI, Y POESÍA

Encíclica del Papa Francisco sobre la ecología

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1 a 12. Lugares personalísimos a recordar

MADRE MONTE CORONA, de Pilar Paz Pasamar

MAR DE MI INFANCIA, de Ángela Figuera

13. Cada criatura canta el himno de su existencia

PHILOMENA, TU CÁNTICO, de Pilar Paz Pasamar

TODA LA NOCHE ESTUVISTE, de Pilar Paz Pasamar

14. El universo muestra la inagotable riqueza de Dios

CASA VEGETAL, de Beatriz Mendoza

ALABADO SEAS, MI SEÑOR, de Francisco de Asis

LOS PAJAROS ANIDAN, de Gloria Fuertes

15. Recado a san Francisco

RECADO A SAN FRANCISCO, de Pilar Paz Pasamar

ORAC. A SAN FRANCISCO EN FORMA DE DESAHOGO, de Pedro Casaldáliga

16. Familia universal

CON ELLA EN LAS ORILLAS, de Pilar Paz Pasamar

EL NIÑO, de Antonio Porpetta

17. Amar la creación y amar al ser humano

LA REPERCUSIÓN, de Leopoldo de Luis

EL CORRO LUMINOSO, de Gabriela Mistral

LOS QUE NO DANZAN, de Gabriela Mistral

18. Dios creó el mundo para todos

BUENOS SON EL AIRE, EL AGUA, LA TIERRA, de J. Mauleón

SI CRISTO NACIÓ EN BELÉN, de Victor Manuel Arbeloa

19. El medio ambiente es un bien colectivo

EN EL NOMBRE DEL PADRE, de José Luis Prado Nogueira

EL HAMBRE, de Leopoldo de Luis

20. Relación paterna de Dios con todas las criaturas

CANCIÓN DEL POZO DEL TÍO RAIMUNDO, de R. Montesinos

AMANECER, de Bartolomé Mostaza

A UN PÁJARO QUE CANTABA... , de E. de Champourcin

21. Atentos a la belleza que hay en el mundo

ROMANCE DE LA FUTURA ALEGRÍA, de Rafael Alfaro

CRISTO EN LOS CAMPOS, de Carlos Bousoño

22. Hasta el viento y el mar le obedecen

VISIÓN, de Ernestina de Champourcin

FUE UN CARPINTERO, de Manuel Alonso Alcalde

LOS MILAGROS, de José Luis Martín Descalzo

23. Todo fue creado por Él y para Él

CEMENTERIO (MONASTERIO TRAPENSE), de E. Cardenal

EN TI ME MUEVO, EXISTO Y SOY, de Pilar Paz Pasamar

ALLÍ LA ROSA ES ROSA, de Jesús Mauleón

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